lunes, 25 de enero de 2016

Privilegios y bebés

La sesión constitutiva del Congreso no decepcionó. Los diputados de Podemos dejaron su impronta desde el primer día y se saltaron las normas de lo que debería ser un comportamiento ‘normal’ parlamentario: los de Compromís acompañados por una banda de música («como en una película de Berlanga»), los de Equo llegando en bicicleta (cual «personajes redivivos de ‘Verano Azul’»), un diputado con rastas («limpias para no pegarme los piojos») o nuevas fórmulas para jurar o prometer el cargo (propias de una «rocambolesca jura»). En definitiva, el comportamiento de Podemos fue un ‘circo’, un ‘show’ porque, por lo visto, se confunde el parlamento con un ‘plató de televisión’. Curiosamente, los medios de comunicación que califican a las acciones de Podemos de ‘política del espectáculo’ (como si la política hubiera empezado a ser espectáculo justo ahora) usan horas y páginas para hablar de bebés y piojos. Por lo que parece, el show sigue estando en los platós.



Con todo, los principales protagonistas de la jornada fueron dos: Carolina Bescansa y su bebé. Las críticas han sido más que numerosas: por exponer a su hijo, por tenerlo demasiadas horas en el hemiciclo, por pasarlo de mano en mano (¡también a Pablo Iglesias!) y, sobre todo, por no haberle dejado en la guardería del congreso. Carme Chacón fue particularmente dura, ya que muchas trabajadoras no pueden hacer lo mismo. La guardería se creó para que las diputadas sin baja de maternidad pudieran dar de mamar. Para Chacón su idea de corresponsabilidad parental se reduce sólo al papel de las madres, particularmente a la lactancia. Lo que la exministra de Defensa y Vivienda quería destacar es que Bescansa (al igual que ella) no es una trabajadora sino una privilegiada.

La primera toma de contacto con el parlamento ha sido utilizada por Podemos para demostrar que no son iguales que los políticos tradicionales y por el resto de los partidos para enfatizar que sí lo son, que no hay ninguna diferencia entre ellos porque tienen privilegios que otros trabajadores no tienen. Y esto último es cierto pero la pregunta relevante es ¿cómo se utilizan estos privilegios? Si los privilegios se utilizan para realizar reivindicaciones que son justas y responden a los intereses de los ciudadanos (y no sólo de su grupo), entonces cobrarán más sentido. A fin de cuentas, los que están criticando a Bescansa son los que pueden aprobar (o no) una ley que equipare los permisos de paternidad y maternidad o quienes pueden promover la educación infantil gratuita de 0 a 3 años (y no sólo la creación de una guardería en el parlamento a precio módico).

Lo que se puede reprochar a Bescansa (y a las explicaciones dadas por Podemos) es que la reivindicación de acudir con el bebé (¿amamantar en público? ¿las dificultades de la conciliación? ¿el impacto de la maternidad en la carrera profesional de las mujeres?) no fue lo suficientemente clara. Rafa Mayoral dijo que es una práctica normal, ya que en el parlamento europeo las madres van con sus hijos. ¿También debería ser que los padres fueran con sus hijos? ¿Cómo encajan esas prácticas normales con el modelo de conciliación de Podemos? Lo que no se le puede reprochar es que no lo haya llevado a la guardería del congreso si su intención, como ella misma declaró, es además llevar al bebé a una escuela infantil pública. Un acto reivindicativo tiene la intención de visibilizar una problemática que está fuera del debate político y que, sin embargo, requiere atención.


En este sentido, es importante distinguir entre debate político, restringido al parlamento, y público. El parlamento (aquel que no es un circo ni un show) se ha dedicado últimamente a alejarse de lo público. Las protestas de preferentistas, afectados por la hipoteca o activistas de Femen dentro del parlamento se han solucionado rápidamente con su expulsión. Ya desde fuera, rodear al congreso era una amenaza a la soberanía nacional y hacer escraches para recordar a los políticos los efectos de sus decisiones parlamentarias era directamente criminal. Ahora llevar a un bebé o prometer trabajar para cambiar la constitución son acciones impropias del Congreso. Cualquier acción que contraríe lo ‘normal’, cualquier cosa que implique el cuestionamiento del consenso político y su apertura hacia lo público, es rápidamente censurada.

El parlamento no deja de ser, ante todo, un lugar de trabajo y toma de decisiones. Aun así, es exigible que quienes tienen acceso a las instituciones (y cuentan con dicho privilegio) sean capaces de formular y reivindicar mediante propuestas legislativas o acciones simbólicas los problemas sociales que requieren soluciones. Las políticas de conciliación son un buen ejemplo. Si se consigue además que el parlamento sea capaz de generar debates públicos, se daría un paso adelante para que el congreso de los intereses (y las disputas) de los grupos políticos se convirtiera en un congreso conectado con las preocupaciones de la calle y los privilegios de los políticos se tradujeran en nuevos derechos para los ciudadanos.

Artículo publicado en el diario La Rioja el 17 de enero de 2016.

Bob Esponja musculoso

En el capítulo ‘Músculo Bob Esponja’, la famosa esponja marina anhela tener un cuerpo musculoso. Incapaz de conseguir ponerse en forma, decide comprar unos musculosos falsos para los brazos (un producto como los que suelen anunciar en teletienda). De repente, la popularidad de Bob Esponja se dispara y consigue el respeto y la admiración del club de los musculosos, los culturistas de Playa Músculo. Pero Bob Esponja tiene pronto un problema: con sus brazos falsamente musculados, no consigue levantar ni un refresco. Así pues, cuando es invitado a un concurso de lanzamiento de peso (en realidad, de ancla), todos descubren el engaño.


Viendo el debate entre Pablo Iglesias y Albert Rivera, organizado por el diario El País, la imagen del musculoso Bob Esponja incapaz de levantar un ancla era similar a la de Rivera incapaz de citar una obra del filósofo Kant. Lo preocupante no era que Rivera recomendara leer a Kant sin haberlo leído él mismo, sino que mostró dificultades para mencionar a cualquier otro filósofo. Aun así, Rivera hablaba de la importancia de la filosofía. Pero la imagen de Rivera rara vez se cuestiona. Más bien, al contrario, es laureada de forma incondicional por todos aquellos que reconocen a uno de los suyos en una versión mejorada (como les pasó a los culturistas de Playa Músculo). Eldiario.es ha publicado, de hecho, que Albert Rivera es el político mejor tratado en los artículos de opinión desde que empezó la campaña electoral.

La imagen de los falsos músculos y Rivera es difícil de disociar. En Zaragoza, Rivera habló de pinchar la ‘burbuja política’. El líder ciudadano explicó: «Se pinchó la burbuja inmobiliaria, la financiera, pero no ha explotado la burbuja política. Es el momento». Se refería, claro está, a la duplicación administrativa, la burocracia, etc. que él identifica como el impedimento para que haya dinero para sanidad y educación. Pero la metáfora no deja de ser sugerente. Si atendemos a su meteórica evolución en estimación de voto y su conversión en cuestión de meses en el líder por excelencia, parece claro que la burbuja política (esos músculos impostados) que se podría explotar en cualquier momento sería precisamente la del propio Rivera y su partido.

En marzo Jorge de Estaban escribió un artículo sobre el dilema de si Rivera debería presentarse a las elecciones catalanas o españolas. De Esteban concluía, ya entonces, que Rivera podría ser el presidente catalán que necesita España. Ni Rivera fue candidato para Cataluña ni ha resultado ser la solución para encontrar un nuevo encaje de Cataluña en España (la propuesta de Ciudadanos no difiere en lo sustancial de la del PP y PSOE). Sin embargo, la idea de presentar a Rivera como presidenciable ya se manejaba cuando las encuestas situaban a Ciudadanos como cuarta fuerza política.

Cuando Podemos irrumpió con fuerza, intentó sustituir las coordenadas políticas derecha-izquierda por las de arriba-abajo, e introdujo otras dos ideas fundamentales: la distinción entre vieja y nueva política y el fin del régimen del 78, debido a la crisis del sistema político pactado durante la transición. El efecto desestabilizador de Podemos difícilmente podría contrarrestarse desde el PP y el PSOE y eso explica el entusiasmo mediático que ha llevado a Rivera a competir (casi) de igual a igual con el bipartidismo. Ciudadanos obvia y aparca las categorías de arriba-abajo (por no hablar de las de derecha-izquierda) y sólo se mueve dentro del eje vieja-nueva política. Por otro lado, la crítica a la transición es desplazada por la reivindicación de Adolfo Suárez (y su reencarnación en Rivera) como figura capaz de liderar armónica y consensualmente un cambio político desde dentro del propio sistema.


 Sorprende, cuanto menos, que no se suela calificar a Ciudadanos de populista: es un partido basado en el liderazgo absoluto de Albert Rivera, su estructura de partido es centralizada y su mensaje político deliberadamente ambiguo. Ahora Ciudadanos ha decidido ser un partido de centro. A principios de este año un 49% de los españoles no sabía dónde ubicarlo ideológicamente. Rivera mismo señala como sus referentes a políticos socialdemócratas como Manuel Valls o social liberales como Nick Clegg. La apuesta por el espacio liberal (para obtener votos de los sectores liberales del PP y del PSOE) ha hecho que Ciudadanos ya no sea de centro-izquierdas (si es que lo fue) y que renuncie a las categorías de izquierda-derecha.

Rivera musculoso ha conseguido impresionar con sus músculos impostados a lo Bob Esponja gracias, en parte, a su gancho mediático y a su liderazgo incuestionable. Ya ha conseguido la admiración de los culturistas de Playa Músculo. Ahora falta que ver si después del 20D, sus músculos, cual burbuja política, explotan para que continúen siendo los del club del Ibex 35 quienes se dediquen a lanzar el peso. Y ya sabemos sobre quienes termina por caer ese peso y quienes cargan con él: los ciudadanos, que no son los mismos que los Ciudadanos de Rivera.

Artículo publicado en el diario La Rioja el 11 de diciembre de 2015.

¿Bandera con patriotismo?

Política sin matices. Pedro Sánchez presentó su candidatura para la Presidencia del Gobierno y tras él, de fondo, una bandera española gigantesca. Los primeros análisis se centraron en el uso de la bandera española por el PSOE: algo inédito, una búsqueda de la moderación, la escenificación del PSOE como proyecto nacional, etc. Sánchez, según los medios, también habló del patriotismo cívico o constitucional sin detallar qué significa. Dejando aparte el marketing político y la puesta en escena presidencialista, me parece interesante entender qué es el patriotismo constitucional y añadir algunos matices a la política.

Si nos remontamos al 2001, José Luis Rodríguez Zapatero durante la campaña electoral vasca apeló al patriotismo constitucional porque permitía «ser galleguista, vasquista, catalanista, andalucista o de cualquier otra de las tierras que forman España». Zapatero quería reconocer así la diversidad cultural y lingüística, que suele quedar anulada por el carácter homogeneizador atribuido a la nación española. El patriotismo constitucional, en este sentido, reconoce la existencia de distintas culturas pero insiste en que éstas pueden coexistir bajo los valores constitucionales (y no valores estrictamente culturales) iguales para todos los ciudadanos. Ya en el poder, Zapatero intentó encontrar el equilibrio patriótico entre el marco legal y la diversidad cultural existentes mediante la reforma del estatuto catalán. Con poco éxito.


Curiosamente, el Partido Popular también se refirió al patriotismo constitucional como uno de los ejes de su programa político. José María Aznar pretendía de esta manera evitar que su partido quedara asociado con un nacionalismo español excluyente. Por eso, la Constitución del 78 fue utilizada para dar legitimidad al proyecto nacional del PP y combatir a los nacionalismos (que no patriotismos) vascos y catalán. El PP revisó la definición de ‘patriotismo constitucional’ reduciendo su alcance: ya no se trata de un patriotismo ‘de’ la Constitución, sino de un patriotismo ‘en’ la Constitución, en concreto la del 78 (intocable hasta que llegó la reforma del artículo 135).

El patriotismo del PSOE y del PP sí coincidieron en la configuración, notable en el País Vasco, de dos bloques: constitucionalistas y nacionalistas. El PP sólo buscaba una etiqueta para no ser percibido como un partido nacionalista español; el PSOE ofreció, cuanto menos, un esfuerzo más serio por promover el patriotismo cívico haciéndose eco del pensamiento republicano.
En la actualidad, nos encontramos en una situación diferente. Sin restar importancia al proceso independentista catalán, el patriotismo ha regresado con fuerza entre las nuevas fuerzas políticas. Ciudadanos ha enarbolado la bandera del patriotismo constitucional. Su significado (nación de ciudadanos libres e iguales al amparo de la constitución del 78) apenas difiere de lo proclamado por el PP. Pero hay una diferencia: el patriotismo de Ciudadanos es nacionalismo español producido desde dentro de Cataluña, en conflicto con los nacionalismos e independentismos. La libertad, en su caso, coincide con el sentido liberal y la igualdad solamente se aplica a la igualdad territorial (para los ciudadanos de España).

Podemos, por su parte, también incorporó el patriotismo en su discurso; algo bastante novedoso ya que la izquierda tradicional, como IU, nunca se llegó a atrever. Patriotismo aquí sí que significa igualdad: no territorial, sino económica y de derechos sociales. Íñigo Errejón sintetizaba su patriotismo como la recuperación de la soberanía y de los intereses de la gente. A diferencia del patriotismo republicano de Zapatero, el referente del patriotismo no es la constitución (base del régimen del 78), sino la soberanía, que reside en el pueblo.


Y ante la reivindicación del patriotismo por los nuevos partidos, llega Pedro Sánchez con una bandera gigante hablando de patriotismo cívico. ¿Qué dijo en concreto? En su discurso, Sánchez tomó prestada una idea de Podemos cuando subrayó que hay quienes confunden patria con su patrimonio; y se situó en la tradición liberal al afirmar que es ser patriota: «Es querer que la historia de tu país discurra por la senda de la prosperidad y de la libertad de sus ciudadanas y sus ciudadanos». Mientras que la defensa de la libertad queda patente, resulta un tanto extraño que en lugar de hablar de igualdad, se refiera a la prosperidad del país (como si eso asegurara la prosperidad de las personas).

¿Patriotismo cívico? Bien, pero ¿qué patriotismo y para qué? El patriotismo, en lugar de tomarse en serio, se utiliza como cortafuegos contra los nacionalismos periféricos y para evitar hablar del nacionalismo español. Decir que se quiere modificar la Constitución es una buena declaración de intenciones pero insuficiente. Es cuanto menos curioso que Sánchez proponga incluir en su programa una memoria legislativa y económica y no sea capaz de articular su idea de patriotismo (por no hablar de un proyecto socialdemócrata).

Pedro Sánchez aseguró que los socialistas iban a ser exigentes consigo mismos. Y hacen bien. Es tiempo de ser exigente, a pesar de que la agenda política esté marcada constantemente por citas electorales, y explicar el giro del PSOE hacia al patriotismo. Porque las banderas tan grandes terminan por hacer insignificantes a las personas que están delante de ellas. Incluso a quienes se visten de presidentes.

Artículo aparecido en el diario La Rioja el 28 de junio de 2015.

La institucionalización de lo social



El portavoz económico del PP en el Congreso, Vicente Martínez Pujalte,  empezó el año 2015 haciendo un buen resumen de lo que había sucedido políticamente en 2014. Según el portavoz, “la institucionalización de lo que pasó en la Puerta del Sol es una buena idea, creo que es una manera de que participe en las instituciones todo el mundo”. Pujalte se refería, claro está, al 15M y a Podemos. Dos aspectos son importantes en su afirmación: Podemos es una institucionalización (o, al menos, la más importante) del 15M y la inclusión de un mayor número de voces en las instituciones es positiva. Sin embargo, Pujalte también concluyó que lo de Podemos le parecía bien porque formaba parte de la ‘normalidad democrática’ y el hecho de “que [los militantes de Podemos] sean un poco casta está muy bien”. Esto ya es un poco más extraño, aunque dice mucho de los límites de la normalidad política: formar parte de las instituciones equivale a ser un poco casta. En el fondo, Pujalte insinúa (probablemente sin querer) que el único camino para hacer política es convertirse en un poco casta.


 Con todo, es bastante acertado definir el año político como la institucionalización de lo social, esto es, como el desarrollo del vibrante movimiento social que irrumpe con el ‘grito silencioso’ de los indignados en 2011. Desde entonces, la creatividad social experimentada en España ha sido considerable. Multitud de temas, en oposición a las políticas de austeridad y recortes, marcaron la agenda pública gracias a movimientos como la PAH, Juventud Sin Futuro o las diversas mareas. Ya en 2013 una encuesta publicada por El País mostraba que el 81% de los encuestados confiaba en movimientos sociales y ONGs frente a un escaso 11% que confiaba en el Gobierno. Llegó incluso a producirse una situación anómala en la cual los movimientos sociales eran percibidos como la auténtica oposición al gobierno. Es decir, lo social estaba siendo el terreno de disputa, desplazando al ámbito político. Lo normal hubiera sido que la comunicación entre lo social y lo político hubiera sido más fluida. Pero no era el caso. Existía una fractura creciente entre lo social y lo político.

En 2014, el número de manifestaciones disminuyó con relación al año anterior. Tomemos el ejemplo de Madrid. Los datos ofrecidos por la Delegación del Gobierno muestran que en los diez primeros meses del año el número de manifestaciones había caído un 33%, de 3.769 a 2.509. La delegada del Gobierno, Cristina Cifuentes, interpretó el descenso como una muestra de que los ciudadanos estaban percibiendo la mejoría de la situación económica (y lo decía en serio) y como consecuencia de que Podemos había pasado a formar parte del sistema y se había convertido en casta (esto lo decía irónicamente). Es curioso que, a pesar de su ironía, Cifuentes no puede evitar, como Pujalte, asociar las instituciones con la casta. Los dos políticos populares llevan, paradójicamente, la crítica de las instituciones más lejos que Podemos.

Lo cierto es que Cifuentes tiene más razón en que el menor número de protestas sociales se debe al surgimiento de Podemos que en que se deba a la sensación de estar saliendo de la crisis. Aun así, con un poco más de rigor debería verse 2014, a pesar de contar con más protestas que en 2011 en Madrid, como el inicio de lo que el sociólogo Sidney Tarrow llama declive cíclico. En esta fase el movimiento pierde fuerza y la iniciativa de cambio suele pasar a los partidos políticos y las élites. En el caso español podemos decir que el riesgo de delegar la acción y atribuírsela a políticos y élites fue evitado por la institucionalización de lo social y la aparición de nuevos procesos y partidos políticos.

La crisis del ciclo de protestas sociales se ejemplifica con las marchas por la dignidad del 22M. La participación fue masiva pero la diversidad de luchas e intereses evidenció la dificultad de articular una opción social o política a pesar de los lemas centrales (“No al pago de la deuda”, “Ni un recorte más”, “Fuera los Gobiernos de la troika”). La imprecisión fue un problema menor comparado con el impacto negativo generado por los disturbios al final de la manifestación entre policías y manifestantes. Aparte de empañar el espíritu pacífico de la convocatoria, fue la primera vez que triunfó la imagen del movimiento social como violento y de la acción de la policía como acto de defensa frente a dicha violencia. Hasta ese momento la policía había recurrido al uso desproporcionado de la fuerza o al exceso de control en manifestaciones o en acciones colectivas con el fin de parar los desahucios.  Tanto la falta de concreción como la imagen de los enfrentamientos violentos fueron muestra de la debilidad en la que entraba el ciclo de protestas.


 Sin embargo, un debate sonaba cada vez más entre los movimientos sociales a pocos días de las elecciones europeas: la posibilidad de formar parte de las instituciones políticas. Algunos partidos tradicionales (IU) habían estado en contacto (no sin conflictos) con los movimientos; otros contaban con líderes carismáticos y poco apoyo electoral (el movimiento Red de Elpidio Silva); otros sin líderes carismáticos y propuestas democráticas innovadoras (Partido X); y finalmente quienes hicieron converger la movilización popular con un líder carismático (Podemos). En este sentido, se produce la institucionalización de lo social cuando las demandas de los movimientos sociales se llevan al campo institucional. Se acepta así el reto de cambiar las instituciones desde las instituciones.

Volvamos a Pujalte (o Cifuentes) diciendo que Podemos se vuelve “un poco casta” cuando se convierte en un partido político. De sus palabras se deduce que institucionalizarse significa adaptarse a las instituciones y abandonar los principios defendidos en el ámbito social. No obstante, la institucionalización de lo social debería ser lo contrario: abrir las instituciones a las demandas sociales y adaptar las instituciones a las necesidades sociales.

Es cierto que las instituciones se han abierto y que la representatividad (que entra en crisis con el “no nos representan” del 15M) se extendió durante 2014 a grupos sociales que hasta entonces no se sentían representados. No es casualidad que con la institucionalización de lo social el bipartidismo entre en crisis. La fase de declive de las protestas sociales da paso a una nueva fase de institucionalización. El motivo: la esperanza de que las instituciones sean un poco menos casta y un poco más de los ciudadanos.

Artículo aparecido en el Anuario del diario La Rioja 2015.

viernes, 30 de enero de 2015

Grecia, cuestión de piel

Todo apunta a que hoy Syriza ganará las elecciones en Grecia. Tras quedarse a las puertas de conseguir el poder en 2012, Syriza se ha convertido en la única alternativa en Grecia y la mejor opción para salvar el proyecto europeo. La crisis económica, y de la eurozona en particular, ha llevado al sur de Europa a una situación imposible. Las políticas de austeridad están produciendo tímidos resultados en el crecimiento económico y, ante todo, han disparado los índices de paro, desigualdad social y pobreza.

No han faltado advertencias apocalípticas sobre el fin de Europa o la salida de Grecia del euro. Pero, al contrario de lo sucedido hace unos años, los votantes griegos han aumentado su apoyo a Syriza en los últimos días de campaña electoral, según las encuestas. El reto principal de Syriza en el poder va a ser, más que gobernar en Grecia, gobernar Grecia en Europa. Y para ello se están preparando tanto los dirigentes de Syriza como los mandatarios europeos. La victoria de Syriza en las elecciones equivale a la derrota de las políticas de la Unión Europa. Lo paradójico es que la Unión Europea ya sabe que sus políticas han fracasado y, en este sentido, necesita también la victoria de Syriza. La deuda está ahogando las economías de los países del sur de Europa (sin olvidar Irlanda) y la única salida es renegociarla. La élite económica y política lo sabe y, por eso, quiere asegurarse que puede imponer sus términos en la negociación. Syriza también lo sabe y ha negado que no quiera pagar sus deudas.


Un aviso temprano de que las políticas de austeridad creaban más problemas que soluciones lo encontramos ya en el artículo de Wolfgang Münchau en Financial Times en noviembre de 2014. Bajo el titular «La izquierda radical tiene razón sobre la deuda europea», el autor destacaba medidas como la renegociación de tipos de interés de la deuda soberana, el alargamiento de los plazos de vencimiento y amortización o, incluso en algunos casos, las quitas parciales. Algo más importante todavía, Münchau subrayaba que sólo partidos radicales se atreverían a implementar dichas medidas si llegaran al poder, cosa que no harían los partidos tradicionales de izquierda.

Este artículo ya ofrecía dos claves para interpretar el futuro: en el nivel nacional, la falta de alternativas por parte de los partidos tradicionales; y en el nivel europeo, la necesidad de renegociar la deuda. Tras quedar claro que el centroizquierda no lo iba a hacer (ahí tenemos el caso de François Hollande en Francia), la única posibilidad de cambio queda en manos de los nuevos partidos. La conciencia de la inviabilidad del pago de la deuda está extendida entre los líderes europeos. Pero necesitan que gane Syriza para poder decirlo; sin que ello implique que se lo vayan a poner fácil.
A poco más de una semana de las elecciones, el medio (igualmente neoliberal) The Economist proclamaba en un artículo que «una victoria electoral populista no conllevará necesariamente un desastre ni para Grecia ni para la Eurozona». Sin especial simpatía por Syriza, el seminario reconoce que la crisis del euro ha debilitado la legitimidad de los lazos que unen a gobernantes y gobernados. Se estarían, además, poniendo de relieve las tensiones generadas por una unión monetaria sin ningún tipo de unión política. En este contexto, The Economist valora positivamente la posibilidad de que Syriza devuelva a los griegos la sensación de poder influir en su propio destino y reparar así el daño causado durante estos años.

De ahí que las elecciones griegas tengan una dimensión europea evidente y un impacto previsible en otros países, particularmente España. Aun así, los partidos políticos españoles se han apresurado a entonar el canto de «Yo no soy Grecia» por si acaso. El Partido Popular se distancia de su equivalente griego Nueva Democracia, el partido de las políticas de la austeridad. El PSOE entra en pánico al imaginar una situación similar a la del socialdemócrata PASOK, prácticamente eliminado del mapa político. Podemos, por su parte, contiene su entusiasmo consciente de que los mercados van a reaccionar de manera adversa. Y, sin embargo, la política europea se juega, una vez más, en Grecia, con la elección de un partido de izquierdas que surge del agotamiento del sistema bipartidista; un sistema que, además de corrupto, ha dejado sin alternativas políticas a los griegos. Surge, asimismo, del fracaso de la gestión de la crisis del euro y de las políticas de austeridad. Estos dos aspectos van a influir, sin duda, en los distintos países (donde nuevos partidos proponen una agenda diferente a la de los partidos tradicionales) y en la Unión Europea (empezando, y pronto, por la renegociación de la deuda).



Todo apunta a que los ciudadanos griegos van a intentar salirse del tablero ya marcado, a pesar de las amenazas y los catastrofismos. Hasta Carlos Floriano podría explicar el porqué desde un sofá: «nos ha faltado dar un poco de piel a cada cifra positiva que estamos teniendo». Los griegos, en cambio, han puesto piel (y a un precio muy caro) a cada cifra que el gobierno ha tenido. Porque las cifras de la crisis han empobrecido a toda la sociedad y han desmantelado el estado social mientras que las cifras positivas sirven para pagar la deuda.

Europa se equivocó de modelo tras la crisis cuando se negó a crear un New Deal europeo. Ojalá que la victoria de Syriza pueda impulsar este gran pacto y empezar a poner, por fin, las políticas al servicio de los ciudadanos. Es cuestión de piel y no sólo de cifras. 

martes, 11 de noviembre de 2014

CIS: Sin noticias de Venezuela

En la última encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), Podemos ocupa el tercer lugar en estimación de voto y es el primer partido en voto directo. Las reacciones políticas no tardaron en llegar. María Dolores de Cospedal afirmó que los partidos como Podemos son muy peligrosos para la democracia y, en su réplica, César Luena dijo que lo peligroso es decir que otros partidos políticos son peligrosos. Y aquí tenemos el primer reflejo del desgaste del bipartidismo: el PP carga contra Podemos recurriendo al miedo y al catastrofismo, mientras que el PSOE ataca al PP buscando perfilarse ante el PP y no ante Podemos. El juego político ya no es cosa de dos. Ni los votos dependen del ‘y tú más’.

De hecho, la encuesta del CIS arroja datos muy interesantes para entender el momento político actual, valorado por el 49,5 como muy malo y el 31,0 como malo. Los principales problemas identificados por los españoles son el paro (76,0), la corrupción y el fraude (42,3), los problemas económicos (27,0) y los políticos en general (23,2). Sin embargo, el PP ha interpretado la encuesta como una coyuntura, como si se tratara de una situación ajena a ellos que se va a corregir en el futuro cuando leguen los ‘resultados’. El PP piensa que el tiempo juega a su favor y sólo tienen que esperar a que la mayoría vuelva sola. Y si no, llegará el apocalipsis populista.

La visión ofrecida por el PP de Podemos como un partido de izquierda radical tiene cierto eco en la percepción social. Detrás de Amaiur (2,19) y por delante de IU (2,67), Podemos, en una escala de 1 (izquierda) a 10 (derecha), es el segundo partido más a la izquierda (2,43). El PP, por su parte, aparece como el partido más a la derecha (8,24), muy lejos del centro y, si aplicáramos su mismo criterio, lo tendríamos que considerar un partidoderecha radical.



Pero la cuestión ideológica es más compleja. El electorado se identifica mayoritariamentede centro-izquierda y Podemos recibe votos del abstencionismo (15,5), del voto blanco (18,5), del voto nulo (36,4) y, sobre todo, de tres partidos políticos: IUICV(45), UPD (28) y PSOE(24). Se pueden hacer varias apreciaciones: Podemos logra atraer los votos de la izquierda y del centro izquierda, a pesar de definirse una y otra vez como partido que no es ni de izquierda ni de derecha. En cambio, los partidos que se esfuerzan en definirse repetidamente de izquierdas no logran recuperar sustancialmente dicho electorado. En segundo lugar, sin entrar en detalles del modelo territorial, Podemos se ha atrevido a hablar de la patria y de España, lo cual les pone en competición con UPyD, y ha abierto un espacio inexistente hasta entonces desde la izquierda. Finalmente, Podemos se sitúa al margen de los partidos tradicionales, como UPyD, y se presenta como un partido con intención de ganar las elecciones y no de ganar sólo influencia, a diferencia de IU y UPyD.

Las simplificaciones sobre el proyecto político de Podemos van acompañadasde simplificaciones sobre sus votantes. No obstante, al mirar su perfil, encontramos una diversidad que refleja la apertura ideológica en la que Podemos se mueve para evitar ser encasillado como partido de extrema izquierda. Podemos es el partido más votado en todos los tramos de18 a54 años y es especialmente entre los mayores de 65 donde no cuenta casi con apoyo (5,7); es el partido mayoritario en los municipios de más de 1 millón de habitantes (23,6) y su gran debilidad se encuentra en los municipios de menos o igual de 2.000 habitantes (7,3) donde el PP (22,0) y el PSOE (22,4) obtienen su mayor porcentaje; por nivel de estudios, Podemos es el partido más votado entre quienes tienen secundaria en su primera y segunda etapa, FP y estudios superiores, mientras que apenas cuenta con votantes sin estudios (1,4) a diferencia del PP (18,7) y del PSOE (32,4); y, por último, cabe destacar el voto procedente de diversas profesiones, entre las que destacan los profesionales y técnicos por cuenta ajena (25,0), comerciantes y pequeños empresarios (19,5), personal administrativo (25,2) y capataces y obreros cualificados (27,7). Obviando esta variedad de votantes, Cospedal comentó que quienes protestan sin dar soluciones se dedican a engañar a todos. Si dejamos a un lado lo de quién se dedica a engañar, la desconfianza en las capacidades analíticas y críticas de los ciudadanos resulta evidente en declaraciones como ésta.

De manera similar, nos encontramos con la insistencia de PP y PSOE en decir que Podemos es un partido populista porque dice a la gente lo que quiere oír o porque, según Susana Díaz, la gente oye la melodía sin leer la letra. La impresión obtenida al ver la pérdida de votos de PP y PSOE tras las últimas elecciones generales es más bien la contraria: la gente dice lo que los políticos no quieren oír mientras que los políticos han estado demasiado tiempo tarareando sus melodías sin escuchar las letras procedentes de los ciudadanos.

El PSOE, por su parte, valora positivamente la encuesta y el papel de Pedro Sánchez, aunque los encuestados valoran la oposición del PSOE como muy mala (37,8), regular (28,1) y muy mala (37,8), al tiempo que su líder inspira poca (34,7) o ninguna confianza (33,1). Eso sí, Pedro Sánchez es el político más valorado (3,85). Habrá quien diga que se debería haber preguntado por Pablo Iglesias. Yo no creo que eso sea lo importante, sino por qué no se ha preguntado por Venezuela o Cuba, el populismo como principal preocupación o cuántas horas se ve la televisión iraní. El CIS debería reflejar mejor estas preocupaciones (las reales) de los ciudadanos. El PP ya lo hace todos los días.

Artículo publicado en el diario La Rioja el 9 de noviembre de 2014

miércoles, 1 de octubre de 2014

Populismo y Podemos

Con la llegada de Pedro Sánchez a la Secretaría General, el PSOE ha iniciado una nueva estrategia comunicativa y discursiva. Mientras que la estrategia comunicativa consiste en llegar al mayor número de ciudadanos a través de programas de entretenimiento, la discursiva está basada en competir con el terreno ganado por Podemos y presentarse como una opción más realista. Para ello, se ha sumado a las voces populares que clamaban contra los riesgos del populismo. Sánchez ha apuntado que el final de los populistas es la Venezuela de Chávez y que el populismo ha encontrado su expresión institucional en Podemos. El nuevo secretario del PSOE insiste en que ni descalifica ni insulta; les llama por su nombre.

Sería cierto que Sánchez llama a las cosas por su nombre si supiéramos (o él supiera) qué significa ‘populismo’. No parece muy lógico que populismo sea, a la vez, una forma de gobierno (la de Chávez) y un movimiento popular (la base sobre la que se erige Podemos). El PSOE está tratando de usar la etiqueta de populismo para contrarrestar el discurso de la casta y reducir otras alternativas políticas a experimentos peligrosos para el sistema democrático.


Hablar de populismo sin más impide una reflexión seria sobre el populismo como fenómeno político e impide además una comprensión más certera de por qué Podemos se ha convertido, según las encuestas, en la tercera fuerza política. Hay poco acuerdo en las ciencias políticas sobre la definición de ‘populismo’ o incluso sobre la utilidad del concepto pero hay fenómenos próximos que convendría aclarar.

El discurso de Podemos es anti-establishment (contra la clase dirigente). Podemos opone los intereses de un entramado político y económico que se retroalimenta (la casta) frente a los intereses de la gente, que padece las consecuencias de la crisis. Podemos no defiende la anti-política, ya que junto a su crítica al sistema como tal (mantenido por ‘partidos del régimen del 78’), aspira al cambio por la vía institucional. El discurso contra la clase política no lo crea Podemos. Se encontraba ya en el 15M.

Pablo Iglesias es un líder posicionado fuera de la política institucional (un outsider). Al no pertenecer previamente a un partido político ni haber estado en el gobierno o en la oposición, Iglesias asume la posición de un político dispuesto más que a introducir pequeñas reformas, a cambiar el propio sistema. El PSOE, y también IU, tienen problemas para competir en este terreno, dado que quienes piensan que el sistema actual es un problema no pueden aceptar con la solución provenga de los nuevos candidatos del sistema.

Podemos es un partido en construcción con diferentes concepciones democráticas (como la democracia asamblearia o directa) en juego y con nuevos mecanismos para la participación e inclusión de militantes y simpatizantes. Todavía no se ha definido si habrá una secretaría o qué estructura asumirá el partido. Por compleja que sea la relación entre el llamado ‘equipo de trabajo’ y los Círculos, la participación y la elaboración conjunta del programa político exploran nuevos vínculos dentro del partido. Como Podemos no ha llegado al poder, no se puede evaluar si es un partido populista que reduce la relación entre partido y votantes a refrendar las decisiones tomadas por el líder. Lo experimentado hasta ahora, en cambio, va dirigido hacia un nuevo modo de entender la democracia dentro de la organización interna de los partidos políticos y a las dificultades y contradicciones (algunas ya visibles) de institucionalizar dicho modelo.

Desde un punto de vista político más riguroso, es cuanto menos aventurado calificar a Podemos de populista. E incluso hay que cuestionar la validez teórica del concepto de populismo, ya que muchas veces se utiliza para referirse a alternativas políticas que cuestionan el centro político como único proyecto viable sin problematizar suficiente la falta de diferenciación ideológica entre los partidos tradicionales. Sería más correcto, sí se quiere, hablar de movimiento popular y juzgar si, desde el gobierno, se trata de un partido usado para mayor gloria (y poder) de su líder o conlleva un cambio en la representatividad política y en la forma de organizarse y participar.


Es difícilmente defendible hacer depender el populismo del personalismo o del carisma del líder sin que este factor afecte a todos los partidos (si no, no sería tan determinante quién es el nuevo líder del PSOE ni se esperaría que Sánchez pudiera revertir la tendencia electoral). Tampoco parece razonable que populismo consista en el uso de cualquier medio para lograr el apoyo popular (ahí quedan las intervenciones en el Hormiguero o en Sálvame). Ni siquiera que populismo es diagnosticar un problema y ofrecer soluciones que son imposibles de aplicar (de promesas incumplidas está la política llena).

Hablar de populismo no sirve para describir la realidad, sino para simplificarla. Hay un diagnóstico equivocado de que a base de repetir ‘populismo’ y pintar el futuro español como una apocalíptica Venezuela chavista el PSOE puede recuperar los votos sumados por Podemos. Lo que se obvia es que hay una exigencia de renovar el sistema y no sólo de presentar un nuevo equipo directivo, aunque sea más joven, más dinámico, sin corbata y con mochila. El PSOE cree que los ciudadanos votan a Podemos porque desconocen su agenda populista oculta. Se equivoca. Los ciudadanos votan porque no ven al PSOE como una alternativa. Y a Podemos, sí. Así de simple o, como diría Sánchez, así de populista.